La rutina ha vuelto. Yo no.

La rutina ha vuelto.

Yo no.

La rutina llega por todo lo alto. Se supone que después de estar de vacaciones (los que hemos tenido la suerte de tenerlas en Navidad, al resto, mi más sincero pésame) de pronto, un día, tenemos que ser completamente funcionales.

Organizad@s.

Centrad@s.

Con energía.

Spoiler: ¡ni de coña!

Todas las personas con las que lo he comentado, coinciden conmigo en que el día antes ya estás agobiad@ pensando en ir a trabajar y, siendo sinceros, ¡no quieres! (Normal)

Madrugar, niños al cole (con todo lo que conlleva y el millón de cosas que hay que preparar), “¿dónde está mi sudadera?”, “mamáaa veeen”, “llegamos tarde”, extraescolares, compras, recados varios… ¡qué agobio!

Todo junto.

Todo de golpe.

Todo sin haber terminado de asimilar que se acabó lo bueno.

Y como seas como yo, que, cuando te metes en la cama, la cabeza empieza a ¨centrifugar¨, ¡estás perdid@!

Repasa TODO lo pendiente.

A las dos de la mañana.

¡Como si fuera urgente!

Cuando suena el despertador, te acuerdas de todos tus ancestros.

De los tuyos y añades los del vecino (por si acaso los tuyos eran pocos).

Te levantas arrastrando muuuucho sueño, despiertas a los niños, preparas desayunos, te vistes y empiezas a repetir cada dos minutos “veeenga, vaaaamos, ¡que al final vamos a llegar tarde!” (como cualquier día normal, pero sumando la mala leche innata a ese primer día, en el que solo te acuerdas de lo bien que estabas dos días antes en “modo vacaciones”)

Dejas a los niños en el cole, sobrevives al atasco de rigor y llegas al trabajo.

Y entonces empieza el festival:

—¡Feliz año!

—¿Qué tal las vacaciones?

Tú sonríes.

Asientes.

Y respondes (haciendo un esfuerzo por ser socialmente aceptable):

—Bien, muy bien, ¿y tú?

Cuando en realidad estás pensando:

“Pues estaba mucho mejor que hoy que me toca estar aquí, eso por descontado”

Después, llega la segunda fase de la vuelta a la rutina: las urgencias.

Urgencias que, curiosamente, no existían mientras estabas de vacaciones.

De repente alguien te escribe:

—Oye, ¿cómo llevas eso?

Eso puede ser cualquier cosa.

Un documento.

Un favor.

Una gestión.

Una cosa etérea que nadie sabe explicar bien, pero que ahora, casualmente, es urgentísima.

Y rematan con la frase mágica:

—Te lo pedí hace semanas.

“Hace semanas”, en este contexto, significa exactamente el día antes de que te fueras de vacaciones.

Vamos a ver… Si me fui… ¿cómo narices esperabas que lo hiciera?

Pero tú no dices nada de eso.

Tú, que acabas de aterrizar, haciendo malabares, respiras.

Sonríes.

Y contestas con el clásico:

—Sí, sí, ya voy…

… (en lo que me ubique).

¡Y todavía queda la mejor parte del día!

Recoger a los niños, llevarles a las extraescolares, hacer la compra con comida normal que no sea navideña (intentando ya de paso que sea sana), preparar ropa para el día siguiente, conseguir que hagan los deberes… 

La rutina ha vuelto con mucha energía.

Con expectativas demasiado altas.

Yo volveré.

¡Seguro!

Algún día…

Pero hoy no.

Hoy estoy en ese punto en el que mi cuerpo está en modo persona funcional… y la cabeza todavía de vacaciones.

Paciencia.

Esto también se pasa.

¡Como todo!

Y menos mal.

¡MENOS MAL!

Que hoy es viernes.

Porque aunque no descanses, aunque sigas haciendo cosas, aunque mañana también haya planes…

El viernes siempre sabe un poco mejor.

Y con eso, de momento, nos apañamos.

Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!

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