(spoiler: la vas a perder igual, pero al menos te ríes)

Hay gente que piensa que ir al médico es llegar, entrar y salir.
Esa gente no vive en este país o nunca ha pisado una sala de espera de un centro de salud un martes por la mañana.
Porque ir al médico, en realidad, es una experiencia inmersiva, y, en algunos casos, una lección de humildad.
Todo empieza cuando llegas con tiempo. Ya, desde el principio, sabes que la hora que pone en la app es decorativa.
Da igual que tu cita sea a las 9:10.
A las 9:10 nadie entra.
A esa hora todavía se está colocando el ordenador, el café no ha hecho efecto y alguien “solo va a hacer una preguntita”….
Y ahí está la sala de espera, con sus sillas de plástico, su olor indefinido entre café y desinfectante.
El silencio solo roto por toses sospechosas.
Tú, intentando no contagiarte de absolutamente todo, te sientas, miras el reloj y piensas:
—Bah, esto va rápido.
¡JA!
Ingenua.
En una sala de espera el tiempo no corre.
Se arrastra.
Cinco minutos parecen veinte.
Veinte son cuarenta.
A los treinta ya estás leyendo los carteles de “Lávese las manos” como si fueran poesía.
A los cuarenta minutos empiezas a mirar la puerta con odio contenido.
Ves entrar gente que ha llegado después que tú… y salir antes.
Y empiezas a pensar:
—Igual hay dos médicos.
—Igual se han equivocado de nombre.
—¿Se me habrá pasado el turno?.
Nadie dice nada.
Todo el mundo mira al frente.
Pero, de vez en cuando hay miradas de complicidad, en plan, ¨tú también llevas aquí, desde la guerra civil?¨.
La sala de espera funciona con un ecosistema propio.
Está la persona que intenta colarse:
—Perdona, es solo una pregunta…
Y desaparece dentro de la consulta durante media hora.
Está la que habla por teléfono a todo volumen.
Está el señor que se levanta cada diez minutos:
—¿Va a tardar mucho?
Está la persona que no sabe si su cita es hoy, mañana o en otra dimensión, pero se sienta igual “por si acaso”.
Y tú observas… y respiras.
Y de repente:
—¡TU NOMBRE!
Ahí empieza el segundo acto.
Te levantas de golpe, como si hubieras ganado algo.
Entras con una mezcla de alivio y nervios.
Y ahí te das cuenta de que el médico va con prisas (para no variar).
Mucha prisa.
Prisa nivel:
—Resume tu problema vital en 20 segundos.
Tú intentas explicar lo que te pasa sin enrollarte, pero tampoco quedarte corta, porque claro, si no lo cuentas bien luego te mandan a casa con “eso no es nada”.
—Bueno, es que me duele aquí, pero no siempre, depende del día, a veces—
—Ajá. ¿Desde cuándo?
—Pues… no sé… hace tiempo… unas semanas…bueno—
—Vale.
Teclea.
No te mira.
Asiente.
Te explora en 10 segundos.
Tú sigues hablando.
Él ya está escribiendo.
Terminas con la sensación de haber contado tu vida… a una pared muy eficiente.
Y entonces llega LA frase:
—Te voy a mandar al especialista.
Tú sonríes.
Porque suena serio.
Importante.
Como que ahora sí te van a hacer caso.
ERROR.
En realidad, eso significa que te verán… en meses.
Días después te llega la carta a casa.
La abres…. lees la fecha… haces cálculos mentales…
—Perfecto. Para entonces o ya no me duele… o ya no me acuerdo de lo que me dolía… o me duele otra cosa completamente distinta.
Pero no la anulas.
Porque conseguir esa cita ha sido una odisea.
Y porque “por si acaso”.
Ir al médico no es solo cuidar la salud, es entrenar la paciencia, aceptar que el sistema tiene su ritmo y entrenar la capacidad de no perder los nervios… del todo.
No sales mejor.
Pero sales más curtida… Y con una historia más que contar.
Y ahora dime tú:
¿qué es lo que más te saca de quicio cuando vas al médico?
La espera, las prisas, las citas eternas…
¡Que aquí todos hemos pasado por lo mismo!.
Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!








A mí lo que me fastidia es cuando, encima de esperar una hora, no entiendo que los demás se tiren ahí dentro media hora y tú en dos minutos (¡literales!) estés fuera 😂
Entran en un multiverso al que tu no tienes acceso… jaja