
Hay experiencias en la vida que te recuerdan que sigues viva.
Otras, que te confirman que eres adulta, responsable, una profesional hecha y derecha…
Y luego está la de intentar trabajar desde casa con niños.
Que es directamente un deporte de riesgo sin casco ni protecciones.
Todo empieza bien…demasiado bien.
Te preparas un café, enciendes el ordenador, abres el documento que llevas posponiendo desde el lunes y piensas “hoy sí, hoy voy a ser productiva”. Tienes que terminar ese artículo para el blog, responder tres emails importantes y avanzar con el capítulo que dejaste a medias ayer.
¡Vas a por todas!
Escribes la primera frase.
(¡Que buena frase, por cierto!)
De esas que piensas “joder, qué bien escribo cuando me concentro”.
Y justo cuando estás a punto de escribir la segunda:
—Mamá.
Levantas la vista… y ahí está. Tu hijo. Con esa cara de ángel de la que ya has aprendido a no fiarte.
—¿Qué pasa, cariño?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Que nada. Solo quería verte.
Se queda ahí. Mirándote. Como si fueras un cuadro en un museo.
—Pues ya me has visto, amor. Ahora mamá tiene que trabajar.
—Vale.
Se va.
Respiras aliviada. Vuelves al documento.
¿Qué estabas escribiendo?
¿Cuál era esa frase tan buena?
Da igual. Empiezas otra. Las palabras van saliendo. Despacio, pero salen.
Estás encontrando el ritmo otra vez.
Bien.
Muy bien.
Esto ya…
—Mamá.
¡Ostras!
—¿Qué?
—Tengo hambre.
Miras el reloj. Hace exactamente veinticinco minutos que ha desayunado. Veinticinco.
—Cariño, acabas de desayunar.
—Ya lo sé, pero tengo hambre otra vez.
—Pues coge una manzana.
—No me gustan las manzanas.
—Ayer te comiste dos.
—Hoy no me gustan.
—Vale. Pues un plátano.
—Tampoco.
—Entonces no tienes hambre.
—¡Que sí tengo hambre!
Te levantas. Porque sabes que si no te levantas, esto va a durar media hora más de negociaciones absurdas sobre qué fruta le gusta y cuál no, dependiendo del día de la semana y la alineación de los planetas.
Vas a la cocina. Abres la nevera. Coges lo primero que ves. Se lo das.
—Toma.
—No quería esto.
Cierras los ojos.
Respiras.
Cuentas hasta cinco…
—Pues es lo que hay.
Vuelves al ordenador.
Te sientas.
Miras la pantalla.
El cursor parpadea burlándose de ti y la frase que habías escrito, ahora te parece horrible… la borras y empiezas de cero.
Esta vez vas en serio.
Los dedos en el teclado, el cerebro encendido… concentración máxima activada.
Las palabras empiezan a fluir. ¡Por fin! Nadie te para ahora. Eres imparab…
—Mamá, mírame.
No levantas la vista. ¡Ya has aprendido!
—Ahora no puedo, cariño.
—Pero mírame.
—Estoy trabajando…
—Es solo un segundo. Por favooooor.
Suspiras. Levantas la vista.
Tu hijo está haciendo el pino, en medio del salón. Con los pies apoyados en la pared y la cara roja del esfuerzo.
—Muy bien, amor. Impresionante.
—¿Has visto cuánto aguanto?
—Sí, muchísimo.
—Ahora cuéntame.
—¿Que te cuente?
—Sí, a ver cuánto aguanto.
Y ahí empieza.
Tú contando.
Él aguantando.
Tú intentando contar rápido para que esto acabe pronto.
Él aguantando más porque obviamente tiene superpoderes de repente.
Llegas al treinta y dos.
Se cae.
—¿Has visto, mamá? ¡Treinta y dos!
—¡Increíble! Ahora mamá tiene que volver a trabajar.
—Vale. Pero luego me enseñas a hacer una voltereta hacia atrás.
—Luego, sí.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Se va corriendo. Esta vez parece que en serio.
Vuelves al documento, relees lo que habías escrito…No está mal y continúas. Una frase, dos frases, tres… ¡Ostras!, ¡estás escribiendo de verdad!.
Miras el reloj. ¡Perfecto! Si sigues así te da tiempo de terminar el artículo, revisar esos emails y hasta avanzar algo con el libro…
Escribes…
Y escribes…
Y de repente…silencio.
Silencio absoluto.
¡Demasiado silencio!
Te quedas quieta, escuchas… nada.
Los niños nunca están tan callados a menos que estén haciendo algo que no deberían. Es una ley universal.
Dejas de escribir, te levantas y vas hacia el salón.
—¿Todo bien?
—Sí.
Tu hijo está en el suelo rodeado de rotuladores.
Todos.
Los que tenías guardados, los que pensabas que habías perdido, los que juraste que habías tirado porque ya no pintaban.
—¿Qué estás haciendo?
—Un dibujo.
—¿Para qué necesitas todos los rotuladores?
—Es que necesito muchos colores.
—Pero si solo estás usando el rojo.
—Ya, pero luego voy a usar los otros.
Miras el suelo, hay rotuladores por todas partes.
—Vale. Pero cuando termines lo recoges todo, ¿eh?
—Sí, sí.
Vuelves al ordenador.
Intentas retomar.
Lees la última frase que habías escrito.
¿Dónde ibas con eso? No lo recuerdas asique empiezas otra vez.
Otra vez, porque ya has perdido la cuenta de cuántas veces has empezado de cero en lo que va de mañana.
Escribes una frase.
Otra.
Bien, esto va bien. Estás recuperando el hilo.
—Mamá, ¿dónde está el pegamento?
—¿Para qué quieres pegamento?
—Para pegar el dibujo.
—¿Dónde lo vas a pegar?
—En la pared.
—¡No vas a pegar nada en la pared!
—¿Por qué?
—Porque las paredes no son para pegar dibujos.
—Pero es que queda muy bonito.
—Pues lo pegas en un folio y ya está.
—Pero no es lo mismo.
—Es lo que hay.
Silencio.
—¿Y celo?
—Tampoco.
—Pero es que…
—Que no, cariño.
Vuelves a escribir.
Otra frase más.
Ya llevas… ¿cuántas llevas? Has perdido la cuenta. Da igual, sigues. Las palabras van saliendo… despacio, pero salen.
—Mamá.
¡¡¡Por favor!!!
—¿¿Qué??
—Me aburro.
—Pues sigue con el dibujo.
—Ya me he aburrido del dibujo.
—¿Y los rotuladores?
—También me he aburrido.
—Pues juega a otra cosa.
—No sé a qué.
Miras alrededor, hay juguetes por todas partes. ¡El suelo está literalmente cubierto de juguetes!
—Tienes mil cosas para jugar.
—Pero no sé a qué jugar.
—Pues a lo que quieras.
—No se me ocurre nada.
—Coches, muñecos, construcciones, puzles…
—No me apetece nada de eso.
Te quedas mirándole.
Él te mira a ti.
Los dos sabéis perfectamente cómo va a terminar esto.
—¿Puedo quedarme aquí contigo?
Y ahí está.
La pregunta trampa. Porque claro que puede quedarse contigo. Es tu hijo. Pero, si se queda contigo puedes despedirte de la productividad, del artículo, de los emails y de cualquier esperanza de acabar algo hoy.
—Vale, pero sin hablar, ¿eh?
—Sí, sí, sin hablar.
Se sienta en el suelo a tu lado. Saca sus muñecos. Empieza a jugar.
En silencio.
Cinco segundos de silencio.
Diez.
Quince.
—Mamá.
Joder…
—Cariño, habíamos dicho sin hablar.
—Ya, pero es que tengo una pregunta rapidísima.
—¿Qué pregunta?
—¿Por qué el cielo es azul?
Cierras el portátil.
Te rindes.
El artículo sigue a medias. Los emails sin responder. El capítulo del libro olvidado en algún documento perdido entre pestañas. Y tu hijo está esperando una explicación científica sobre la dispersión de la luz solar en la atmósfera porque aparentemente eso es más urgente que cualquier cosa que tengas que hacer.
Trabajar desde casa con niños no es teletrabajar.
Es intentar hacer malabares con fuego mientras alguien te hace preguntas sobre el universo.
Es escribir frases a medias y terminarlas tres horas después cuando ya no te acuerdas de qué ibas.
Es levantarte cada cinco minutos para resolver crisis que no son crisis pero que para ellos son el fin del mundo.
Es aceptar que vas a tardar el triple en hacer cualquier cosa, que tu concentración va a durar lo que dura un suspiro, que vas a escribir emails con faltas de ortografía porque has tenido que responder mientras te preguntaban dónde está el pegamento.
Y que, al final del día, cuando por fin termines todo y te desplomes en el sofá, tu hijo se va a sentar a tu lado y te va a decir “hoy casi no hemos jugado” y te vas a sentir fatal de todas formas.
Porque trabajar desde casa con niños no es hacer dos cosas a la vez.
Es hacerlas las dos mal y fingir que todo va bien.
Y tú, ¿cuál ha sido tu interrupción más surrealista trabajando desde casa? Cuéntamelo en los comentarios, que necesito saber que no soy la única que vive en este caos.
Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!





