Pedir cita médica en España, ¡que empiece el juego!

Ilustración en blanco y negro de una mano sujetando un móvil con la palabra “SALUD” y el mensaje “Not found”, rodeado de bocadillos de enfado y símbolos de frustración, representando la dificultad para pedir cita médica en el centro de salud.

Hay experiencias que te recuerdan que sigues viva, otras que te confirman que eres adulta.

Y luego está la de intentar pedir cita en el centro de salud, que es directamente una prueba de resistencia psicológica.

Todo empieza con inocencia.

Tú no quieres nada raro.

No estás pidiendo un trasplante, ni una consulta con un especialista alemán traído en helicóptero.

No.

Tú solo quieres una cita.

Un médico.

Un día.

Una hora.

Ingenua…

Pedir cita médica debería ser fácil.

No digo agradable.

Fácil.

¡Pero no!

En España pedir cita médica es un “a ver hasta dónde aguantas”.

Todo empieza con una idea inocente:

—Voy a pedir cita en el centro de salud.

¡JA!

Primer intento: el teléfono.

Llamas.

Suena.

Suena.

Suena.

Salta una locución grabada con voz tranquila, de esas que ya te ponen nerviosa:

—Si desea pedir cita, pulse uno.

—Si desea anular cita, pulse dos.

—Si desea repetir este mensaje porque no ha entendido nada, pulse estrella.

Pulsas uno.

Empiezas a escuchar una musiquita, que, sinceramente, saca de quicio. Y, de pronto:

—En estos momentos todas nuestras líneas están ocupadas.

¡Y cuelga!

Tú te quedas mirando el teléfono con cara de idiota… ¡ni siquiera te dan opción a quedarte esperando!

Es un “no” muy poco elegante.

Segundo intento: la web.

Te dicen que es muy fácil, que lo hagas online, que estamos en el siglo XXI…

Entras.

Metes tus datos.

DNI, fecha de nacimiento, código postal, nombre de tu primer profesor, grupo sanguíneo y probablemente una gota de sangre.

Le das a “buscar cita”.

Resultado:

“No hay citas disponibles”.

Ni hoy.

Ni mañana.

Ni este mes.

Pero calma. Porque siempre hay un mensaje tranquilizador:

“Vuelva a intentarlo más tarde”.

Tercer intento: la app.

Te la descargas.

Aceptas cookies.

Aceptas condiciones.

Aceptas que probablemente estés vendiendo tu alma al diablo.

Entras.

Vuelves a meter los datos.

La app se queda pensando.

Cargando.

Cargando.

Cargando.

Se cierra.

¡Perfecto!

Pero no desistes y vuelves a abrir la app.

“No hay citas disponibles”.

Tú, que en ese momento ya estás de los nervios, decides volver a probar con el teléfono… ¡Necesitas descargar tu frustración con alguien humano!

—En estos momentos todas nuestras líneas están ocupadas. Por favor, espere.

Cuelgas.

Vuelves a llamar.

Nada.

Llamas a otra hora.

Nada.

Y ahí ya empiezas a dudar de ti misma:

—A ver… tampoco me duele tanto.

—Esto igual se pasa solo.

—Seguro que es estrés.

—O el cambio de tiempo.

—O que soy una dramática.

Empieza el autoengaño.

Porque pedir cita, es competir contra el sistema.

Cuando por fin, entre varios intentos, aparece una opción milagrosa, cita telefónica, aceptas. (Porque no te queda otra)

Te dicen:

—Le llamarán a las 10:20.

Y tú, como persona adulta y organizada, bloqueas tu vida.

No sales.

No te duchas.

No bajas la basura.

No te alejas del móvil ni medio metro.

10:20.

Nada.

10:45.

Nada.

11:30.

Tú ya has repasado mentalmente todo tu historial médico desde que naciste y, ya has buscado en Google, “dolor raro pero no constante qué puede ser”.

Y Google, como siempre, te responde:

—Cáncer.

A las 13:47, cuando ya has decidido que hoy tampoco, que da igual, que ya llamarás otro día… Suena el teléfono con número oculto.

—Hola, soy el médico, dígame que le pasa, que voy fatal de tiempo.

Tú intentando resumir tu malestar vital en 20 segundos:

—Bueno es que me duele a ratos pero no siempre pero depende del día y—

—Ibuprofeno y si no mejora, pida cita presencial.

¡PIDA CITA!

La misma que te ha llevado hasta aquí.

Cuelgas y te quedas mirando el móvil con una mezcla de rabia y resignación.

Y alguien te dice:

—Pues vete a urgencias.

Urgencias.

Ese sitio al que no deberías ir por cosas menores, pero al que te empujan porque en el centro de salud no hay forma humana de conseguir una cita.

Así que tú llegas con tu problema moderado, tu dolor gestionable, tu “solo quiero que me miren esto”… y te encuentras una sala llena hasta el techo.

Gente con cara de llevar allí desde la Reconquista.

Niños dormidos sobre las chaquetas.

Un señor que entró antes que tú y ya forma parte del mobiliario.

Que tú piensas ¨normal, si para cualquier cosa te mandan aquí…¨

Sales ocho horas después con un ibuprofeno y una lección de humildad, con la certeza de que la próxima vez, aguantarás un poco más antes de volver a intentarlo.

Y así es como acabamos todos.

Tirando de aguante.

De “ya se pasará”.

De “no merece la pena”.

Porque pedir cita médica no es un trámite.

Es una gincana emocional.

Y ahora dime:

¿en qué punto estás tú?

¿Aún intentando pedir cita o ya en modo “si sigo viva, no era tan grave”?

Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!

¿Quieres más?

Suscríbete y te regalo la Guía de supervivencia: 12 meses, 12 retos.

Además, te aviso cada vez que haya nuevo artículo.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Subscribete
Notify of
guest

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments
Scroll al inicio