
Existen señales de que ya no eres joven.
No es un ataque personal.
No es una crisis existencial.
Es solo una recopilación honesta de cosas que pasan cuando ya no tienes veinte años… aunque el corrector de ojeras sea bueno y la luz te favorezca.
Si te reconoces en más de tres, bienvenid@. Si te reconoces en más de siete… ¡trae una manta!
1. Te duele algo sin motivo aparente
No has hecho deporte.
No te has caído.
No has cargado peso.
No has dormido en una posición extraña.
Y, aun así, te levantas con una contractura que te deja torcid@… cuando en realidad fue por… ¡ni siquiera sabes porqué!
Te pasas el día intentando reconstruir el momento exacto del desastre:
“¿Será por agacharme a coger una zapatilla?”
“¿Por estirarme en el sofá?”
“¿Por mirar el móvil cinco segundos más de la cuenta?”
Pero no hay explicación lógica.
Y lo peor no es el dolor.
Lo peor es cuando alguien te pregunta:
—¿Qué has hecho?
Y tú:
—Nada.
Porque esa es la verdad.
No te has hecho nada.
Pero estás lesionada igual.
2. El “ir de tranqui” ya es un planazo
Hubo un tiempo en el que te daba igual que la música estuviera a todo volumen.
Que no se pudiera hablar.
Que el suelo se pegara a tus pies.
Que la copa te supiera a colonia barata con Coca-Cola.
¡Tú ibas a darlo todo!
Hasta las mil.
Ahora no.
Ahora te ilusiona un sitio donde se pueda hablar.
Donde no tengas que gritar “¿CÓMO?” cada 15 segundos.
Donde la música esté de fondo, no dentro de tu cerebro.
Te entusiasma una copa bien puesta.
En un vaso decente.
Un sitio donde poder sentarte a charlar cómodamente.
(Sí, sentarte es ahora parte fundamental del plan)
Si además hay calefacción o aire acondicionado bien puesto, eso es directamente el cielo.
3. Te emocionan las cosas prácticas (y no sabes en qué momento pasó)
Antes te hacía ilusión comprarte ropa.
Ahora te hace ilusión que algo sea útil.
Por ejemplo, una aspiradora de escoba.
¡Pero no cualquiera!
Una que pese poco.
Que no haga ruido.
Que llegue a las esquinas.
Que se cargue rápido.
Y no solo te gusta.
¡Te entusiasma!
La pruebas.
Aspiras dos migas.
Y piensas:
—¡Buah! Qué maravilla.
Pero lo peor no es eso.
Lo peor es que la recomiendas con auténtico fervor.
No en plan:
—Sí, está bien…
¡No!
En plan:
—Escúchame. ESTA aspiradora. No ocupa nada. No tienes que sacar el trasto grande. Para el día a día es perfecta. Yo la paso todos los días.
Te conviertes en comercial sin cobrar comisión.
La sacas en conversaciones que no venían a cuento.
La defiendes.
La comparas.
La recomiendas “porque me he acordado ahora”.
Y un día te oyes decir:
—Es que esto te cambia la vida.
Y ahí… ahí sabes que ya no eres joven.
4. Empiezas frases con “antes yo…”
Parece una frase inocente pero es engañosa.
¨Antes yo salía cualquier día aunque tuviera que empalmar para ir a trabajar¨
¨Antes yo no necesitaba dormir ocho horas¨
¨Antes yo podía cenar pizza a las once, sin tener ardor de estómago después¨
Ahora tú miras el reloj a las nueve y ya estás cansada solo de pensarlo.
No de hacerlo.
De pensarlo.
Las nueve ya no son “temprano”.
A las diez ya estás calculando si te da tiempo a ver una serie, o si es mejor irte a la cama “porque mañana hay que madrugar”.
Estás despidiéndote oficialmente de una versión tuya que ya no existe y que, sinceramente, tampoco echas tanto de menos.
5. El alcohol te traiciona
No necesitas emborracharte.
Con dos copas ya sabes que mañana:
- te dolerá la cabeza
- tendrás sed infinita
- y te preguntarás por qué narices hiciste eso
Antes bebías, bailabas, dormias cuatro horas y al día siguiente estabas razonablemente viv@.
Ahora, bebes, te ríes, te acuestas tarde y… ¡necesitas media semana para recuperarte!
Aun así, a veces lo haces. Porque una cosa es madurar y otra hacerse monja.
6. Te molestan cosas que antes ignorabas
La música muy alta.
La gente que grita al hablar.
El ruido de los grupos de WhatsApp.
Antes todo eso te daba igual.
Te adaptabas.
Fluías.
Vivías.
¡Ahora no!
Ahora tu cerebro levanta la mano y dice:
—Perdona, hasta aquí.
No estás amargad@.
¡Estás saturad@!
7. Tu idea de “arreglarte” ha cambiado
Antes era:
- tacones que dolían solo con mirarlos
- maquillaje potente
- ropa incómoda pero monísima
Ahora no.
Ahora arreglarte significa ir decente.
No pasar frío.
No pasar calor.
Y, muy importante: poder sentarte sin tener que recolocarte nada.
El conjunto tiene que cumplir tres requisitos básicos:
- No aprieta.
- No pincha.
- No te obliga a estar pendiente de él toda la noche.
Los tacones siguen ahí…
Pero como concepto.
Como algo que “sí, tengo unos” pero hace mil que no salen del armario.
Porque la juventud ya no se nota tanto en la cara como en las prioridades.
Porque llega un momento en la vida en el que no quieres verte espectacular.
Quieres estar a gusto.
Y si el outfit te permite cenar tranquila, caminar normal y volver a casa sin pensar “qué alivio quitármelo todo”…
¡Eso ya es la leche!
8. Duermes mal… aunque estés cansada
Estás agotada.
CANSADA de verdad.
De esa que piensa: “Hoy caigo redonda”.
Mentira.
Te acuestas y, de repente:
Te duele algo.
Te despiertas sin saber por qué.
Piensas en cosas absurdas a las tres de la mañana.
Das vueltas.
Te recolocas.
Suspiras.
Miras el reloj.
Error. Grave error.
Porque ahora ya sabes que quedan:
—3 horas para ir a trabajar…
—2 horas y 47 minutos solo para poder dormir algo…
Y, el día extraño que por fin duermes del tirón… ¡lo cuentas como si fuera una hazaña olímpica!
9. Te cuesta seguir las modas nuevas
Aceptémoslo con dignidad, el mundo va demasiado rápido.
Demasiado.
No entiendes TikTok del todo.
No sabes si algo es una ironía o va en serio.
Y hay palabras que te niegas a usar porque no te salen con dignidad.
Aceptas que el mundo avanza.
Pero no a tu ritmo.
10. Ya no te apetece aguantar tonterías
Antes aguantabas.
Callabas.
Tragabas.
Por no liarla.
Por quedar bien.
Por no parecer borde.
Ahora no.
Ahora eliges mejor:
- a quién ves
- qué haces
- y, sobre todo, qué cosas no te compensan
Ya no discutes.
No entras en debates absurdos.
No das explicaciones eternas para intentar convencer a nadie de nada.
Porque… ¿para qué?
No es que te importe menos.
Es que has aprendido algo muy básico y muy sano:
tu energía no es infinita.
Y si algo te cansa más de lo que te aporta, simplemente… no te quedas.
No es la edad.
Es que ahora tienes criterio.
En resumen
No eres menos joven.
Eres más consciente.
Más selectiv@.
Pero también más libre de hacer lo que te da la gana… aunque sea irte a la cama a las diez con la cara limpia y la conciencia tranquila.
Y oye,
eso no es rendirse.
¡Eso es vivir bastante mejor que antes!
¿Te has reconocido en alguna (o en demasiadas)?
Cuéntamelo en los comentarios, que aquí venimos a reírnos juntas de lo mismo.
Y si quieres seguir leyendo historias así, sin dramas y con humor, ya sabes dónde encontrarme.
Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!


Bueno, pues ya tengo preparada la manta.
¿Quedamos en tu casa o en la mía? Jajaj
¡Pero de tranqui! 🤭
¡Cuando quieras!