Hemos sobrevivido a otra Navidad (y eso ya es un logro)

Y ya estaría.

Se acabó la Navidad.

Se apagaron las luces, murieron los villancicos y la nevera vuelve a contener comida “normal”, esa que no lleva nata ni foie.

¡Hemos conseguido sobrevivir a la navidad una vez mas!

Antes de nada, una pregunta importante:

¿Fuisteis a la cabalgata de Reyes?

Porque, sobre el papel, es preciosa. Magia, ilusión, luces… Familias felices compartiendo un momento especial.

En la práctica, es una guerra civil por un caramelo.

Hasta que cae el primero, todo es calma. Gente educada. Sonrisas. Padres diciendo “no empujes”.

Pero cae el primer caramelo… y se rompe la civilización. La cabalgata deja de ser un evento familiar y se convierte en un campo de batalla.

Da igual que sea un Sugus duro como una piedra o un caramelo envuelto en plástico. En cuanto toca el suelo, se convierte automáticamente en un objeto de valor incalculable. Fin de la magia.

Y por si fuera poco, hace un frío que pela.

SIEMPRE.

Da igual el año.

Da igual la ciudad.

La cabalgata se celebra con temperaturas diseñadas para poner a prueba cuánto quieres a tus hijos.

Vuelves a casa congelada, cansada, deseando sofá y manta, pensando:

“Bueno… pues ya está.”

Ilusa.

Porque ahora empieza la parte seria. La parte bonita ya ha pasado, ahora viene el trabajo sucio.

Cada casa tiene su ritual. Hay quien pone leche, hay quien pone agua… y luego estamos los padres realistas, que pensamos que después de recorrer medio país en camello igual agradecerían jamón y un buen vino.

Pero no.

Leche y galletas.

¡Que queda más bonito!

Los niños colocan los zapatos bajo el árbol bien alineados. Bien puestos. ¡No vaya a ser que los Reyes se líen y dejen algo mal!

Tú asientes, colaboras, haces como que todo es importantísimo… mientras por dentro solo piensas:

“Por favor, que se duerman pronto.”

Ahí empieza la verdadera misión.

Colocar los regalos es un arte. Todo tiene que quedar bonito, ordenado, estratégico. Que parezca mágico. Das un par de mordiscos a las galletas, esparces migas por la bandeja, bebes un poco de leche de cada vaso (por compromiso) y, por fin, te acuestas con esa sensación de “mañana ya verás qué sueño”.

Y efectivamente.

Porque a las ocho de la mañana (o antes), una cara aparece a veinte centímetros de la tuya:

—¡YA HAN VENIDOOOO!

El salón se convierte en otro universo. Papeles por el suelo, cajas abiertas, juguetes desparramados… y una frase que se repite como un mantra:

—¿Me lo montas?

SIN DESAYUNAR.

Pero, si la Navidad tuviera punto final, sería el roscón de Reyes.

La última reunión.

El último dulce.

La última sobremesa.

La Navidad se apaga así.

Sin luces.

Sin villancicos.

Con un trozo de roscón, una discusión absurda sobre la fruta escarchada y la tranquilidad extraña de saber que, por fin, mañana ya no toca nada.

Bueno… sí.

Intentar bajar los kilos que nos hemos ido agenciando por el camino.

Porque los kilos de más son el único regalo que recibimos todos por igual. Da igual tu edad, tu genética o si haces crossfit, pilates o yoga con cabras.

En diciembre se engorda.

Punto pelota.

Es el precio de la gastronomía española. Entras al mes con una talla y sales con otra.

Y entonces dices, con todo tu papo:

“En enero me pongo a dieta.”

Enero es el paraíso imaginario de la fuerza de voluntad. Ayuno intermitente, gimnasio tres veces por semana, cenas ligeras, vida saludable…

El 1 de enero te levantas creyendo que eres una persona nueva. Más centrada. Más disciplinada. Más sana. MÁS TODO.

El 2 sigues motivada.

El 3 tienes hambre, sueño y mala hostia.

Ese día cae “algo que no entraba en el plan”.

Ese día no sales a andar porque hace frío.

Ese día dices “mañana empiezo en serio”.

Y ahí mueren la mayoría de los propósitos.

Porque al final, los propósitos no hablan de disciplina ni de éxito personal. Hablan de esperanza. De creer que el año nuevo trae una oportunidad distinta, aunque sepamos que la vida sigue siendo la misma.

Y ya está.

Se acabó.

De repente, un día cualquiera de enero, te despiertas y ya no hay luces, ni villancicos, ni tuppers de sobras ocupando la nevera. El árbol ha desaparecido y el Belén ha vuelto a su caja.

Has sobrevivido a cenas eternas, a tu cuñado explicándote el mundo, a tu abuela cebándote como si fueras a hibernar, a la cabalgata, a los Reyes, al roscón y a los juguetes por toda la casa.

Has sobrevivido otra Navidad sin tirar a nadie por la ventana y sin llamar a nadie “imbécil” en voz alta.

¡Eso ya es un logro!

Porque la Navidad no es perfecta. Es exagerada, ruidosa, agotadora, cara, absurda y emocionalmente inestable… pero es nuestra.

Cada año prometemos que el siguiente lo haremos mejor… Y cada año vuelve a pasar exactamente lo mismo.

Porque al final sobrevivir a la Navidad no va de hacerlo perfecto, va de llegar a enero con humor, con resignación y, sobre todo, con nuevas historias que contar.

Así que enhorabuena.

Otra Navidad superada.

Y cuando dentro de unos meses pienses:

“Este año no me va a pillar desprevenida…”

Te lo recordaré de nuevo en diciembre.

Y si has llegado hasta aquí asentiendo con la cabeza…

¨El cuñado, a lotería y otras amenazas navideñas¨ es básicamente esto, pero en versión extendida: más Navidad, más familia, más caos y más situaciones que no deberían ser normales… pero lo son.

Aquí está el libro (bajo tu responsabilidad)

Si te has reído… no seas egoísta ¡comparte!

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